Mendoza

San Jorge sin filtro: qué dice realmente la DIA y qué no dicen los eslóganes del miedo

Con la aprobación de la Declaración de Impacto Ambiental del Proyecto San Jorge –hoy PSJ Cobre Mendocino– Mendoza rompió un tabú de casi dos décadas: volvió a habilitar un proyecto de cobre. La reacción fue la de siempre: marchas, consignas apocalípticas y la repetición automática de dos mitos que sobreviven a cualquier evidencia. Es momento de poner claridad donde otros siembran miedo.


De “caso testigo” a primer proyecto de cobre aprobado: qué se aprobó realmente en Mendoza

Después de más de 15 años de debate, el Senado mendocino aprobó la DIA de PSJ Cobre Mendocino con una mayoría contundente. San Jorge dejó de ser el expediente eterno para convertirse en el primer proyecto de cobre del siglo XXI en obtener luz verde en la provincia.
La empresa inversora proyecta unos USD 559 millones de CAPEX inicial, con una vida útil estimada de 16 años y posibilidad de extenderla a cerca de 27, según avance la exploración. La producción prevista ronda las 40.000 toneladas anuales de cobre fino mediante flotación mecánica: un proceso que no utiliza cianuro, ni ácido sulfúrico, ni mercurio, cumpliendo con la Ley 7.722.
Mendoza no derogó su ley ambiental emblemática ni abrió una puerta indiscriminada a cualquier proyecto. Aprobó uno en particular, con un estudio actualizado, un proceso adaptado a la normativa vigente y condiciones ambientales explícitas. La discusión real debería ser sobre este proyecto, no sobre fantasmas heredados de otras batallas.


Mito 1: “La minería no deja nada”. Una consigna emocional que no resiste los números

El primer mantra del antiminerismo mendocino es que “la minería no deja nada”. San Jorge, sin embargo, presenta cifras que incomodan ese relato: cerca de 3.900 puestos de trabajo en la etapa de construcción y más de 2.400 empleos en operación entre directos e indirectos durante casi dos décadas.
A esto se suman regalías, un Fondo de Compensación Ambiental, inversiones en infraestructura y la activación del incipiente Distrito Minero Occidental. Para una provincia que hace años exporta talento hacia provincias mineras vecinas, no precisamente por elección, hablar de que “no deja nada” es desconocer cómo funciona la economía real.
En una transición energética global que demanda cobre, litio, renovables y nuevas cadenas de suministro, Mendoza tiene una oportunidad que hace 20 años no existía. Negarla no convierte a la provincia en más sustentable; la convierte en menos competitiva.


Mito 2: “Va a contaminar todo el agua”. Una afirmación absoluta para un problema que es técnico, no mágico

El segundo mito es el preferido: la idea de que una mina “contaminará toda el agua” de la provincia. San Jorge utilizará agua del arroyo El Tigre, un curso que nace y muere dentro del mismo predio donde opera el proyecto, sin abastecer a poblaciones ni a la actividad vitivinícola.
La captación ronda los 140 litros por segundo, mientras que la planta trabaja con un circuito cerrado que recircula más del 80% del agua utilizada. El diseño de la toma mantiene caudales ecológicos y evita cualquier intervención de embalse.
¿Es un consumo irrelevante? No. ¿Equivale a “dejar sin agua” a Mendoza? De ninguna manera. La minería moderna funciona con balances hídricos, límites estrictos y monitoreos continuos. Además, el nivel de control exigido a este proyecto es infinitamente mayor al que tienen miles de actividades industriales, comerciales y agrícolas que operan todos los días en la provincia sin un cuarto de la supervisión.


Mito 3: “La minería es incompatible con el agua”. El mundo demuestra exactamente lo contrario

Si minería y agua fueran conceptos incompatibles, medio planeta debería cerrar operaciones. Desde Nevada hasta Utah, desde British Columbia hasta Antofagasta, la minería convive con agricultura, ciudades y turismo bajo un esquema básico: gestión integral del recurso hídrico.
San Jorge empleará flotación mecánica y disposición de relaves espesados, recuperando agua y aumentando la estabilidad de los depósitos. No existe el riesgo cero, pero sí existe la tecnología para gestionarlo correctamente.
Mientras tanto, Mendoza convive con perforaciones petroleras, bodegas, industrias y sistemas cloacales que operan con estándares irregulares. El nivel de exigencia ambiental que se le pide a la minería es, paradójicamente, mucho más alto que el que toleramos en actividades más cercanas y menos fiscalizadas. La discusión, entonces, no es sobre incompatibilidad: es sobre coherencia.


Mito 4: “Mendoza no necesita minería”. La ilusión de que un modelo productivo de los ’90 puede sostener el futuro

El último mito apela al orgullo: Mendoza sería autosuficiente con vino, turismo y agricultura. Pero la realidad es menos romántica: cambio climático, estrés hídrico, costos crecientes y un ecosistema productivo que ya no alcanza para retener población ni generar empleo de calidad.
La transición energética global valora minerales como el cobre, no como una curiosidad, sino como un insumo imprescindible. San Jorge no desplaza al vino ni al turismo: los complementa. Suma una nueva actividad capaz de apalancar infraestructura, diversificar exportaciones y generar salarios calificados.
Creer que la provincia puede sostenerse sin ampliar su matriz es un lujo que Mendoza ya no tiene. No se trata de elegir entre vino o cobre, sino de construir una economía con más de un motor.


Claves para entender qué cambia con San Jorge

  • Primer proyecto de cobre aprobado en más de 15 años.
  • Inversión estimada de USD 559 millones.
  • Producción: 40.000 toneladas anuales de cobre fino.
  • Proceso sin cianuro ni ácido sulfúrico, en cumplimiento con la Ley 7.722.
  • Más de 3.900 empleos en construcción y más de 2.400 en operación.
  • Captación de agua en el arroyo El Tigre y recirculación superior al 80%.
  • Creación de Fondo Ambiental, regalías específicas y marco para el Distrito Minero Occidental.

San Jorge como bisagra: de la provincia del “no” a la provincia que empieza a discutir “cómo sí”

San Jorge no resuelve todos los debates, pero cambia el terreno de juego. Mendoza demostró que puede aprobar un proyecto metalífero con controles, debate legislativo y cumplimiento estricto de la normativa ambiental.
Lo que viene ahora es incluso más importante: monitoreo transparente, participación científica, fortalecimiento de proveedores locales, infraestructura energética y encadenamientos productivos. La DIA es un punto de partida, no de llegada.
Si Mendoza decide volver al refugio cómodo del “no”, perderá una ventana histórica. Si, en cambio, elige construir una minería moderna, controlada y útil para su gente, puede dejar atrás una década y media de parálisis productiva. El futuro no se define en la calle: se define en la calidad de las decisiones que tomemos hoy.