Mendoza aprobó la DIA de San Jorge y, como si el tiempo no hubiera pasado, volvió a escucharse el mantra habitual: “el agua no se negocia”, “cobre o muerte”, “la megaminería mata todo”. La escena es previsible: consignas fáciles, indignación instantánea y ninguna propuesta real.
Catorce años para ofrecer alternativas productivas y no generaron ni un solo proyecto viable. Pero ahora, cuando el cobre vuelve a la agenda, reaccionan como si se acabara el mundo.
La oposición automática: slogans reciclados para un debate que exige seriedad
La estrategia es simple: cuanto más complejo sea el proyecto, más simple debe ser el eslogan. Y ahí reaparece el clásico “el agua no se negocia”, una frase diseñada para que nadie se anime a discutirla, como si quienes apoyan la minería lo hicieran con un deseo secreto de envenenar a la población.
El problema de las consignas es que evitan el pensamiento. En lugar de debatir balances hídricos, procesos industriales o controles reales, el discurso antiminero elige el terreno del miedo. Es más fácil gritar que pensar, más cómodo repetir que informarse. Pero Mendoza ya no está para consignas recicladas: está para decidir cómo diversifica una economía que hace años perdió dinamismo.
Catorce años de “no” sin una sola alternativa: el vacío productivo disfrazado de ambientalismo
Desde que se instaló la 7.722, los sectores que hoy vuelven a marchar tuvieron una oportunidad histórica para proponer un modelo productivo alternativo.

Catorce años para presentar proyectos de innovación, nuevas industrias, cadenas de valor, polos tecnológicos, reconversión energética.
¿Qué presentaron?
Nada.
Cero.
Ni un clúster, ni un parque industrial, ni un fondo de inversión, ni una estrategia de transición productiva. Lo único que produjeron en casi década y media fueron consignas. Y ahora, cuando finalmente se aprueba un proyecto minero que cumple con la ley vigente, esos mismos actores acusan “pérdida de soberanía”, “entrega del agua” y “catástrofe ambiental”.
La paradoja es evidente: quienes más hablan de futuro son quienes no hicieron absolutamente nada para construirlo.
Hipocresía estructural: defender el agua mientras se naturaliza la contaminación cotidiana
En Mendoza, donde el agua realmente es estratégica, uno esperaría que el discurso ambientalista fuese coherente.

Pero la realidad es incómoda: mientras marchan contra una mina con monitoreo permanente, dejan pasar sin indignación los vertidos cloacales, los canales colapsados, las plantas depuradoras desbordadas y las pérdidas de redes que derrochan miles de litros al día.
La ecuación es absurda:
- Una mina con controles estrictos = “peligro para el agua”.
- Líquidos cloacales sin tratar entrando al río = silencio administrativo.
Si la defensa del agua fuera sincera, la protesta empezaría en la puerta de cada planta de tratamiento disfuncional. Pero ahí no hay fotos épicas ni consignas fáciles. Es mucho más redituable atacar a un proyecto industrial que revisar la infraestructura pública.
La industria como villano, la improvisación como virtud: el doble estándar permanente
El discurso antiminero siempre reserva indignación para las actividades que generan miles de empleos, pero se emociona públicamente cuando una pyme de Buenos Aires cierra y deja 100 familias en la calle. Es extraño: una mina como San Jorge puede generar más trabajo directo e indirecto que una docena de pymes juntas, pero aun así es tratada como una amenaza existencial.

En esa lógica aparece el activismo profesionalizado de figuras como Enrique Viale, siempre prestas a saltar —como un canguro hiperquinético— de conflicto en conflicto: Esquel, Andalgalá, Famatina, Chubut, ahora Mendoza, mañana lo que aparezca. Mucha cámara, mucha frase ingeniosa, pero ninguna solución concreta a los problemas productivos del país.
Durante años se opusieron a todo: minería, fracking, infraestructura, parques eólicos, fotovoltaicos, hidrógeno. Si fuera por ellos, Argentina seguiría funcionando con velas y trueque. La crítica es un rol necesario, pero la crítica sin responsabilidad se vuelve parálisis.
Una provincia atrapada entre la épica del no y la necesidad del sí
Mendoza no puede ganar el siglo XXI con un modelo productivo de 1998. El vino seguirá siendo central, el turismo seguirá siendo estratégico, la agricultura seguirá siendo esencial, pero nada de eso alcanza para sostener desarrollo, empleo y retención de talento.
La minería metalífera, en especial del cobre, es una de las pocas actividades capaces de mover la aguja macroeconómica de manera rápida y sostenida. Pero para habilitar esa discusión, primero hay que desmontar la idea infantil de que hay dos bandos: los que aman el agua y los que la quieren envenenar.
La discusión real es otra: ¿cómo se gestiona un proyecto minero con estándares modernos, cómo se controla, cómo se distribuye el valor y cómo se potencia a proveedores locales? Esa es la conversación adulta que Mendoza necesita tener, pese a quienes insisten en reducirla a un eslogan de remera.
Por Daniel Diaz Escobar
Director de Agendaindustrial.com y Sectorminero.com.ar

